Marginalia* Hasta ese momento sólo coincidencias, sobre todo a partir de la corbata y su origen. Tres personas que han trabajado en la misma Corporación en los últimos veinticinco o treinta años tienen o han tenido corbatas iguales. Primera coincidencia. Segunda, dos de ellas fueron obsequiadas por sus respectivas madres el día que los nuevos funcionarios iniciaron labores en el último de los escritorios en cualquier dependencia...
Parece una premonición, murmuró Arturo en un intento por obtener, sin saber de dónde, fuerzas suficientes para continuar la historia. Estaba estancado. El argumento del nuevo empleado, abrumado y perdido en su nuevo trabajo le gustó en las primeras líneas, pero llegado a ese punto no encontró más caminos y sintió que el hombre perdía interés. Dos, tres, cinco, veinte corbatas iguales ¿y qué? Estaba en seco. Llevaba, días, semanas, meses, detrás de una historia de esas que suceden a todo el mundo, con personajes naturales que por eso mismo dejan de serlo y se convierten en protagonistas de historias inesperadas, incluso sobrenaturales. Después de algún tiempo constató que tampoco se trataba de eso, él quería algo sencillo que viniera del día a día. Si era posible el “querido diario” que cuenta los sucesos con detalle íntimo, personal, sin malicia.
No había duda, estaba en seco. Se sirvió un café, iba a completar seis horas batallando con Martín, con Rubén Rodas, con los otros compañeros de trabajo en la Corporación y parecía que no iba a obtener nada más de ellos. Necesitaba un café para despejar las ideas. Entonces sonó el teléfono, como estaba solo, siempre estaba solo, respondió el aparato que casi no encuentra porque olvidó dónde quedó la última vez. Era un amigo, de esos de toda la vida, que llamaba para pedir dinero prestado hasta la semana siguiente. No tengo, respondió y agregó, quien espero que sea el editor de mi próxima novela, no se atrevió a decir que aún la estaba escribiendo y se encontraba en un callejón sin salida, debe pagarme suficiente para salir de las deudas y prestar dinero a los amigos, dijo. Sumó dos comentarios de circunstancia, la mujer y la máquina recién comprada para relanzar el negocio en que estaba metido el amigo y colgó. Segundos después, comprobó que de nuevo había perdido el hilo. Releyó lo escrito antes de la interrupción y cayó en la cuenta de que no había puesto nombre al protagonista, ¿cómo se llamaba? revisó pasando su mirada sobre dos o tres líneas a la vez hasta encontrar que no lo había nombrado de ninguna manera, entonces el desespero lo alcanzó, se sintió incómodo, la piquiña en la entrepierna que se manifestaba cuando los pantaloncillos eran de material sintético o cuando presentía que algo no muy propicio estaba por suceder apareció con toda su fuerza. Se rascó como pudo, sin levantarse de la silla, y apenas sintió alivio comenzó a repasar nombres: Adolfo, pensó primero, no, no es nombre de debutante en la vida laboral, necesitaba uno que pareciera de inicialista pero que no decayera con el tiempo por falta de credibilidad. Desechó Joaquín, Sergio y Jairo por corrientes, parecen nombres de lagartos, murmuró. Antonio, José, Gabriel, Tulio, Alfonso, tampoco llenaron las expectativas, eran previsibles. De nuevo apareció el callejón sin salida. Un muro tan alto como las nubes se levantó infranqueable frente a él.
La única solución era repasar lo pasado, le había sucedido en ocasiones anteriores, sobre todo en tierras desconocidas cuando, por descuido o exceso de confianza, se había perdido y tenía que deshacer el camino. Le tomaría horas, lo sabía, pero era la única solución si la intención era reagrupar ideas hasta encontrar nuevos bríos, aunque pocas veces sintió esos nuevos bríos.
Después de varias vueltas alrededor del computador y mucho café decidió llamar el protagonista por el apellido, de la misma manera que Simone Signoret hizo con el amante, que terminó en el papel de marido, Ives Montand, porque el primer marido, el oficial, también se llamaba Ives y por alguna especie de respeto o, para diferenciarlo, decidió llamarlo por el apellido, así que para ella el nuevo siempre fue Montand. No era mala idea lo del apellido, pensó Arturo después de servir la enésima taza de café y empezó a enumerar los que recordaba, Casas, Mosquera, Foronda, Bohórquez, no. Uribe o Restrepo, incluso Lleras, o Turbay, o Pastrana, tampoco. Intentó de otra región: Tuta, Aponte, Chirigua, pero ninguno sonó creíble en el pellejo de un debutante en la vida laboral. Era cerca de la media noche. Desde las seis de la mañana, con algunas interrupciones, había batallado contra corbatas, nombres y al final apellidos y como se conocía bien, sabía que no se daría por vencido hasta deshacer el nudo ciego, sordo y mudo en el que se había enredado. Lo mejor era tomar un respiro y caminar, salir por las calles desiertas, ir hasta el centro, no era muy lejos, mirar las vitrinas, tal vez entrar al café de billares que abría hasta el amanecer y siempre llamó su atención porque las mesas tenían paño rojo y no verde como todas las mesas de billar, y si encontraba con quién jugar un “chico” lo haría, tenía poco, es decir, nada para perder.
En la ruta hacia el café pensó que si no había nombre o apellido suficiente para el protagonista, la solución podría ser un sobrenombre como “carambola”, pero desechó la idea por imposible, ¿quién iba a poner un sobrenombre y además, utilizarlo, sin tener confianza con el portador? Surgió, entonces, la posibilidad del sobrenombre con el agravante de que el interesado lo desconocería y en toda la extensión de la novela, o por lo menos, hasta que entrara en confianza, los colegas lo llamarían de cualquier manera o lo señalarían con el dedo como a las cosas que no tienen nombre. Como tantas que carecían de nombre en las primeras líneas de “Cien años...”
El café, como las calles estaba desierto. Sola frente al bar vio a la mujer que servía las mesas, una rubia, quizá con peluca; alta, más de un metro con ochenta; delgada y provocadora, las piernas interminables y el escote también; la blusa y la falda dos o tres números más pequeñas que su talla. Arturo se sentó en una de las mesas cercanas a la puerta. No supo bien por qué, ¿por seguridad? ¿para salir corriendo en caso de trifulca? pero ¿con quién? si era el único cliente, y la rubia, el barman y el ayudante detrás del mostrador estaban más dormidos que despiertos. Ni siquiera había música, un tango, una ranchera, o un despecho, nada, el silencio era total pero iluminado con luces de neón rosadas, amarillas, blancas y titilantes. Las mesas de recubrimiento metálico con cuatro sillas y los billares con paño rojo en lugar de verde brillaban con destellos rosados.
La rubia caminó despacio entre las mesas, su cuerpo se balanceaba al ritmo de sus pasos y cuando estuvo a menos de un metro de distancia, hizo un giro rápido y se acomodó en el asiento frente Arturo. Inclinó su pecho sobre la mesa y le hizo una seña para que acercara su cara a la de ella, como si fuera a revelar un secreto. Arturo obedeció, sus ojos se fueron detrás de los senos que parecían prestados a milímetros de él y su olfato quedó impregnado por el perfume dulce que la envolvía. Papito, dijo con voz susurrante que Arturo no compaginó con su figura, vamos a cerrar, pero si quiere nos vamos para otra parte, y agregó, para que lo sepas, aquí me dicen Caro, pero en mi casa soy Marcos, tú verás. Caro o Marcos, se paró y deshizo el trecho con la misma cadencia. Cuando llegó al bar, Arturo ya iba rumbo a su casa con una idea en mente, esta sí imbatible. Un argumento. Un hombre, pintor, pasa las noches entre las nueve y la media noche frente a una vitrina donde un maniquí que tomó como modelo para una obra, posa. Lo mismo que en los museos, el artista acomoda su material frente al almacén y hace estudios del maniquí. Todas las noches, durante una semana hace lo mismo. Después pasa a otra vitrina. Tenía dificultad para encontrar modelos porque era exigente en la pose y la expresión del maniquí. Deben ser, decía, como personas. Una noche no encontró maniquíes, ninguno cumplió las expectativas. No intentó buscar personas porque cuándo necesitó nunca encontró. Entonces no volvió a salir y se dedicó a pintar de memoria hasta representar figuras sólo con líneas rectas y superficies de color. Un día, en una bodega de anticuario, encontró uno de sus cuadros titulado “autoretrato”. Ese día comienza la historia. *Pierre Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra.
© Saúl Álvarez Lara
2008
Primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego se llevaron a los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego fueron los obreros y no dije nada porque no era obrero ni sindicalista.
Luego se metieron con los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Y cuando finalmente vinieron por mí no quedaba nadie para protestar.
Martin Niemüller
Pida, exija, reclame, grite, por la liberación inmediata de todos los secuestrados en Colombia. ¡Todos! De cuantos seamos en todas las ciudades, plazas, calles, esquinas, casas y por todos los medios posibles, depende la libertad de los secuestrados.
sábado, 16 de agosto de 2008
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