Marginalia* Mentir es un arte. Quienes mienten y lo hacen bien tienen algo de artistas. Es posible que la comparación resulte enojosa para los artistas, los verdaderos, los que creen en su arte, viven con él y por él. Sin embargo algo parecido sucede a quienes mienten, terminan por creer sus propias mentiras y no sólo viven, se desviven con ellas y por ellas. Aparte del involucramiento permanente con la cosa mentida, quienes practican ese complicado arte sin que les crezca la nariz, sin ponerse colorados, sin perder el equilibrio, deben poseer un trazo fundamental que magnifica su talento, si así se pudiera llamar: una memoria sin resquicios o fisuras, una memoria a prueba de todo.
Hacer bromas, decir mentiras piadosas, engañar para obtener una ganancia casi siempre mínima, son acciones de aficionados. Participar en campeonatos mundiales de mentirosos (hacer creer que el hombre que perdió una mano fue sometido, para reemplazarla, al trasplante de la ubre de una vaca. La operación quedó tan bien hecha que cuando chupa sus dedos de ubre sale leche. Mentira ganadora en uno de los últimos torneos), es una manera de institucionalizar el mentir para encontrar ingenuos, el principal objetivo de esa actividad. En un registro paralelo, sucede lo mismo con las editoriales que deberían tener como finalidad, encontrar lectores, los libros son el medio. La cercanía entre los dos sectores, el de los campeonatos de mentirosos y los libros, ambos medios para llegar a sus públicos, se escenifica en lo siguiente: hace poco, una persona prestigiosa mencionó en la radio la palabra “ficción” como calificativo para un sartal de mentiras que alguien (un político de otro partido, quizá) estaba haciendo creer a la gente. La denuncia es en esencia una mentira, por una razón sencilla, los creadores de ficción no trabajan con la intención de que quienes los lean o los escuchen, crean, a pie juntillas, lo que leen o escuchan, su interés es contar una historia (casi siempre sucedida en otros momentos, en otros lugares) que despierte curiosidad, conocimiento, risa o lágrimas. La mentira, en cambio, busca que la crean, busca que la asuman como verdad, busca, como en el caso de los políticos, que quienes los escuchan tomen partido por una realidad mejor, es decir, la que unos y otros proponen. Quienes escuchan, los ingenuos a quienes van dirigidas todas las mentiras se preguntan ¿Quién dice la verdad? por supuesto no encuentran respuesta, hay tantas verdades como personas.
En ese caldo de cultivo, las mentiras, el arte de mentir, está en su salsa. En lo que cada uno vive a diario se enfrenta a miles de mentiras, desde el primer momento de la mañana. Quienes más propensos están a decir las propias, o difundir las de otros son quienes viven en la cresta de la ola del consumo: periodistas, comentaristas, analistas políticos, deportivos, culturales y de la vida diaria; presidentes de países y de partidos políticos; ministros, alcaldes y sigue toda la gama de funcionarios que está obligada a mentir para conservar el cargo, y como dijimos al comienzo, no les crece la nariz, no se ponen colorados y tampoco pierden el equilibrio.
Lo más entrañable de todo es que quienes se encargan de descubrir las mentiras de los otros son quienes más mienten en aras de un supuesto profesionalismo y también por conveniencia, de allí resulta aquello que los especialistas han llamado desinformación: vasos medio llenos o medio vacíos. Y aparece otra cosa que los mismos expertos titulan como “liberad de expresión”, o sea, cada uno puede decir lo que se le ocurra y nada es mentira hasta prueba del contrario. Esto también equivale a decir: el que quiera decir misa que la diga si tiene quien se la oiga.
Mentiras a todo nivel y en todos los bordes no suceden sólo en Colombia. Basta con mirar los vecinos, Venezuela y Ecuador, y ni se diga de los de Centro América, y tampoco olvidemos los de más arriba que inventaron una guerra para mantener el “cañazo” y los franceses y los españoles y hasta los chinos que según los especialistas encargados de descubrir las mentiras de los otros, mostraron mentiras en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing.
Quizá lo más sano sea no creer en nada, ni en nadie y construir, si es posible, una barrera de verdades propias que proteja de los mentirosos que andan sueltos. Una manera puede ser no escuchar la radio, ni mirar la tele, ni leer los periódicos. De manera que lo único que queda con un poco de credibilidad es lo que uno puede tocar, leer o ver de primera mano, es decir, casi nada. También será necesario, para construir esa barrera, no salir más a las calles ( no sólo entre aquellos que viven en la cresta del consumo están los mentirosos ), las esquinas, aceras, almacenes, buses y vagones del metro están llenas de mentirosos que por defenderse de tantas verdades a medias están dispuestos a inventar una mentira mayor para sobrevivir en la maraña de incertidumbre en que la duda los mantiene. El argumento de la semana. Un hombre abrumado por las mentiras decide combatirlas inventando otras tan grandes que parezcan verdades (había escuchado decir esto a un escritor). Sus mentiras eran tan inverosímiles que gracias a ellas aparecía con frecuencia en la televisón y la radio e hizo de ellas un espectáculo. Llegó a ocupar cargos importantes en la función pública. Cuando murió sus colegas levantaron una estatua en su honor. Ese día, comienza la historia. *Pierde Alechinski, pintor belga, dice que la margen, él la llama “marginalia”, es el espacio alrededor del cuadro donde se anotan historias, nombres, resúmenes, agregados, fechas o datos que conducen al interior de la obra.
© Saúl Álvarez Lara 2008
Primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego se llevaron a los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego fueron los obreros y no dije nada porque no era obrero ni sindicalista. Luego se metieron con los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Y cuando finalmente vinieron por mí no quedaba nadie para protestar.
Martín Niemüller
No desista, pida, exija, reclame, grite, por la liberación inmediata de todos los secuestrados en Colombia. ¡Todos! De cuantos seamos en todas las ciudades, plazas, calles, esquinas, casas y por todos los medios posibles, depende la libertad de los secuestrados.
sábado, 23 de agosto de 2008
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